FEB 3 — MAY 1, 2026

Entre la niebla de Xalapa, Veracruz, los cerros se funden con la noche. PENUMBRA, de Abel Zavala, es una exposición donde el reconocido ceramista vuelve a la pintura para desde su materialidad —veladura tras veladura— dar cuenta de dicha experiencia.

Más que una búsqueda fiel sobre el fenómeno meteorológico, que empuja las nubes a ras del suelo, las pinturas parten de lo que le sucede a la percepción al abrirse al tiempo de la humedad, que amplifica lo cercano. La niebla como medidor táctil que aberra la mirada; la oscuridad como ojo-piel que se extiende más allá de un solo cuerpo. El artista comparte esa realidad perceptual mediante lienzos que van de lo que cabe entre las manos —lo cual no por pequeño deja de contener constelaciones—, a formatos más grandes donde se acerca a la tradición del paisaje como horizonte.

Siguiendo al historiador del arte Georges Didi-Huberman: la imagen no es lo visible, sino lo que emerge en el umbral de lo invisible. La niebla muestra la proximidad de lo que no puede verse, pero sí sentirse, conectando la noche con el sueño y el cerro con la memoria. Cada lienzo es un tránsito —pensamiento geográfico entre la observación y la intuición— en el que el territorio se produce al sentirlo como temperatura y bruma, para a partir de ahí enunciarlo y reelaborarlo.

Además de las pinturas, Zavala presenta cerámicas que parecen surgir de las profundidades: lo que está entre y debajo de la niebla espesa. Las formas se basan en conidiosporas: esporas asexuales producidas por muchos hongos que pueden agruparse como cuentas de un rosario o formar estructuras más complejas como esferas. En sus manos, estas estructuras se convierten en arquitecturas y refugios en las que se intuyen movimientos inaccesibles para el ojo. Este juego es importante porque enfatiza que lo vivo nunca se revela por completo, y que la ilusión de dominio del hombre sobre la naturaleza es un mero despliegue de poder y violencia.

Las esculturas están quemadas en ahumado, un proceso donde el fuego y el humo dejan su huella en la arcilla. Esta técnica busca la colaboración tanto con la materia orgánica —que se acerca a la superficie cerámica para que deje su impronta— como con el azar: el humo mancha, la temperatura quiebra, el fuego transforma.

PENUMBRA, en su cualidad brumosa y finitud perceptiva, nos conduce al asombroso momento en que comprendemos que ver no es configurar una superficie desde el absoluto reticular y nítido, sino acoger entre los cuerpos —humanos, vegetales, celestes, animales— el no-todo que nos constituye.